En Japón, el arte del tatuaje se conoce como “irezumi” o “horimono” y tiene su origen en el siglo XVIII. La historia relata que los primeros habitantes del archipiélago, los Ainu, solían lucir tatuajes en el rostro. Con la expansión del budismo acabó estigmatizando a las personas tatuadas, a las que llegó a identificarse con criminales.
Con el paso del tiempo, se convirtió en un arte pictórico y uno de los más delicados de Japón. Se le llamó El “ukiyoe” y empezó a representar a varones semidesnudos con el cuerpo atiborrado de tatuajes, sobre todo en la espalda y los antebrazos.
La caída en desgracia del tatuaje se inició en 1720, cuando el gobierno decidió “marcar” a los delincuentes peligrosos con un tatuaje identificativo. Ea una especie de brazalete dibujado en el brazo que anulaba socialmente al individuo, ya que nadie quería relacionarse con ex convictos.
Esto se anuló en 1870, pero esto quedó impregnado en el sentir de los delincuentes, pues al tatuarse les daba un sentimiento de unidad, lo que les llevó a organizarse en bandas. Fue el inicio de la Yakuza, o mafia japonesa y, aún hoy día, gustan de tatuarse enormes dibujos a lo largo de la espalda, con símbolos de animales. Sin duda que el cine y la literatura han contribuido a la glorificación de esta imagen de los Yakuza.
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