
Los jardines japoneses y el diseño de los mismos han intrigado y estimulado a los visitantes occidentales desde que los primeros navegantes ibéricos pusieron un pié en estas tierras.
El arte japonés del diseño de jardines data de alrededor de 1300 años. Los paisajes secos de inspiración Zen gozan sin duda de una justa fama, pero no son los únicos ni los primeros: mucho antes de su aparición, ya existía en Japón una estética jardinera perfectamente desarrollada. El Zen no haría más que añadir nuevas dimensiones estéticas.
Los jardines de los siglos VI y VII incorporaron estanques, puentes y linternas de inspiración china o coreana, así como la noción budista de que el centro del cosmos estaba en el monte Sumeru. En los jardines, el agua es un elemento más de la composición, y se la incorpora de maneras muy diversas.
En algunos casos, un arroyo desviado de su curso, sugerirá un desfiladero de montaña, mientras que un islote de pinos en una laguna, puede ser una evocación de Matsushima o algún otro paraje de excepcional belleza.
En otros, el sonido del agua que gotea en una vieja vasija de piedra, proporciona un efecto de sedante frescura. Así, los palacios imperiales y las residencias de la nobleza Heian, se erigían frente a lagunas con paisajes montañosos “transplantados” en donde los emperadores y cortesanos apreciaban el espectáculo que ofrecía el correr del agua arroyo abajo.
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